No se qué cadena de televisión nipona o coreana presentaba hace un tiempo un concurso bastante cafre: Se valoraba la capacidad del concursante para soportar estoicamente el dolor que de variopintos modos se le iba infligiendo. Todo con cierta imaginación y pleno consentimiento, como en Jackass, si bien en ese caso el sufridor era a la vez guionista. Pero no hace falta irse tan lejos, nuestra TV tiene mil formas de mostrarnos lo mismo con diversos formatos.
Aquí se nos presentan dos opciones básicas, según el gusto del consumidor: Hormigas Blancas para humillar a alguien bajo el pretexto de revisar(le) el pasado (¿?), o ¿Donde estás corazón? en caso de querer verle el careto mientras lo ponen mirando a Lugo con la tranquila dispensa de que cobra por ello. Cito los nombres de dos programas, pero son solo dos gotas de agua en el oceano del sadismo televisivo. Casi todas las cadenas juegan de un modo u otro al show de la humillación. Ahora no me acuerdo del título, pero hay otro programa en el que ganas una pasta no excesivamente gansa si te revuelcas moralmente por el lodo ante el polígrafo y fulminas irreversiblemente cualquier atisbo de posible vida familiar y social, dejándote como única opción el exilio a algún país de lengua no hispana.
Nada más lejos de mi intención leerle cartillas a nadie, ni mucho menos alzar la bandera del catastrofismo moralista o renovar el Pesimismo del 98 (de la "1898 Generation", no se me despiste). Ni puedo ni quiero tirar la primera piedra. Yo mismo le he reido muchas veces las gracias a este tipo de programas, ya que a veces hasta son entretenidos.
Pero me acuerdo de las tremendas audiencias que tenían "Un Dos Tres" o "El Precio Justo", cuando muchísimos Fulanitos nos quedábamos atrapados a la pantalla hasta que finalmente algún Menganito se llevaba un buen premio. Y aunque hubiera algo de envidia, casi todos los Fulanitos nos alegrabamos algo por el Menganito de turno. "Coño, ¡que lo disfrute el chaval!", se decía. Y cuando tomo conciencia de ese aparente contraste con la mala hostia que parece hoy conducirnos, llego a creer que tenemos oxidada la brújula, que tomamos la sartén de nuestro aburrimiento por el peor mango y que convendría disponer de una tele que desenseñara a desaprender como se deshacen las cosas.
¿Es más justa o presentable la agresión si es consentida o remunerada?
Yo pienso que esa triste bula es un triste bulo.


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