
Un momento después se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que procedia de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era un ruido que le hacia rechinar a uno los dientes y que ponia los pelos de punta. Había empezado el Odio. Como de costumbre apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos. La mujeruca del pelo arenosos dio un chillido mezcla de miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacia mucho tiempo (nadie podia recordar cuánto) había sido una de las figuras principales del Partido, casi con la misma importancia que el Gran Hermano, y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias, había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente, desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido, todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones de toda clase procedián directamente de sus enseñanzas. En cierto modo seguia vivo y conspirando.
"1984", George Orwell.

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