
El gran general marcha a la cabeza de sus veteranas tropas. Regresa victorioso, toda Roma le aclama. Hace unos minutos cruzaron el arco del triunfo, y ahora avanzan por la Vía Sacra. Los rebeldes han sido sometidos, y posiblemente el carro del general venga decorado con el cadaver del caudillo vencido. La cabeza, seguramente algunas extremidades, y quizás retales de piel decorando las ruedas: Es cuestión de gustos y de época. Con toda probabilidad marchen detrás encadenados el resto de los familiares. Vítores, música, incienso y danzas.
El mandato ha sido ejecutado con eficacia y rapidez, meses antes de lo previsto. El talento militar se traduce en el ahorro de sangre (romana) y en oro para el Imperio, que sigue creciendo en gloria y tesoro. El general es joven, y puede aspirar a mucho.
Senadores y ciudadanos. Patricios y plebeyos. Soldados y sacerdotes. A su paso, todos le aclaman. Los augures conjeturan sobre los favores de Marte, y por orden del Flamen Quirinalis se prepara el sacrificio de un carnero en homenaje al general. La estatua de Júpiter, en el Capitolio, ha sido desprovista de su túnica: Hoy el general se ha ganado el derecho de vestirla. Hoy la ciudad eterna es suya, hoy es agasajado, hoy todas las voces se rinden a él.
Todas menos una, según marca la tradición.
Un esclavo, llamémosle Ticio, camina detrás del general. Muy cerca. Mientras Ticio sujeta la corona triunfal sobre la noble cabeza del héroe, no cesa de susurrarle constantemente a pocos centímetros de la nuca:
“Respice post te! Memento mori!
Respice post te! Hominem te esse memento!".
(¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres mortal!
¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que solo eres humano!).
Dejando de lado la mutilación y el escarnio del vencido –que tienen su qué-, creo que esta costumbre romana de la época republicana es muy didáctica. Aunque en este blog pienso escribir principalmente sobre mis dev-OCIO-nes (aficiones y hobbies), de vez en cuando también quisiera compartir mis dudas contigo, amable lector. Mis convicciones me las reservo, que son pocas y anémicas. No, yo prefiero compartir mis dudas, que además de abundantes y sólidas, son mucho más higiénicas.
Me gusta la duda.
La duda: Antes que con el miedo, la asocio con la humildad. Por contra, aunque también pueda ser hija del miedo, la certeza acostumbra a parecer arrogante.
Igual has oído que vivimos tiempos de relativismo moral. ¡Ojalá! Pienso que actualmente esgrimimos argumentos morales con ferocidad. Los unos y los otros. En política, en religión, en arte, en sexo, incluso en ciencia –sobretodo-. Y no es que no sean necesarios, pero no hace falta perderle el respeto a los argumentos morales ajenos. Porque son tan estéticos como los propios. Escribo esto como declaración de intenciones, para que si te parece necesario y siempre que te apetezca “me leas la cartilla” frente a lo que vaya colgando. Intentaré encajarlo deportivamente.
Amable lector,
Al igual que nuestro amigo Ticio, ¿te comprometes a recordarme que soy humano? Si es así, yo te pagaré con la misma moneda. Guárdala para el barquero.
Memento mori. ¡Qué hábito más sano!
El mandato ha sido ejecutado con eficacia y rapidez, meses antes de lo previsto. El talento militar se traduce en el ahorro de sangre (romana) y en oro para el Imperio, que sigue creciendo en gloria y tesoro. El general es joven, y puede aspirar a mucho.
Senadores y ciudadanos. Patricios y plebeyos. Soldados y sacerdotes. A su paso, todos le aclaman. Los augures conjeturan sobre los favores de Marte, y por orden del Flamen Quirinalis se prepara el sacrificio de un carnero en homenaje al general. La estatua de Júpiter, en el Capitolio, ha sido desprovista de su túnica: Hoy el general se ha ganado el derecho de vestirla. Hoy la ciudad eterna es suya, hoy es agasajado, hoy todas las voces se rinden a él.
Todas menos una, según marca la tradición.
Un esclavo, llamémosle Ticio, camina detrás del general. Muy cerca. Mientras Ticio sujeta la corona triunfal sobre la noble cabeza del héroe, no cesa de susurrarle constantemente a pocos centímetros de la nuca:
“Respice post te! Memento mori!
Respice post te! Hominem te esse memento!".
(¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres mortal!
¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que solo eres humano!).
Dejando de lado la mutilación y el escarnio del vencido –que tienen su qué-, creo que esta costumbre romana de la época republicana es muy didáctica. Aunque en este blog pienso escribir principalmente sobre mis dev-OCIO-nes (aficiones y hobbies), de vez en cuando también quisiera compartir mis dudas contigo, amable lector. Mis convicciones me las reservo, que son pocas y anémicas. No, yo prefiero compartir mis dudas, que además de abundantes y sólidas, son mucho más higiénicas.
Me gusta la duda.
La duda: Antes que con el miedo, la asocio con la humildad. Por contra, aunque también pueda ser hija del miedo, la certeza acostumbra a parecer arrogante.
Igual has oído que vivimos tiempos de relativismo moral. ¡Ojalá! Pienso que actualmente esgrimimos argumentos morales con ferocidad. Los unos y los otros. En política, en religión, en arte, en sexo, incluso en ciencia –sobretodo-. Y no es que no sean necesarios, pero no hace falta perderle el respeto a los argumentos morales ajenos. Porque son tan estéticos como los propios. Escribo esto como declaración de intenciones, para que si te parece necesario y siempre que te apetezca “me leas la cartilla” frente a lo que vaya colgando. Intentaré encajarlo deportivamente.
Amable lector,
Al igual que nuestro amigo Ticio, ¿te comprometes a recordarme que soy humano? Si es así, yo te pagaré con la misma moneda. Guárdala para el barquero.
Memento mori. ¡Qué hábito más sano!
