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25 de enero de 2008

El hombre del minuto


No voy a discutirle a nadie cuanto deben gastarse nuestra civilización y nuestro ecosistema en pasta de celulosa para esparcir por todo el mundo la obra y derechos contenidos en los millones de tochos que se producen cada año gracias a la profesional técnica de un Ken Follett o un Dan Brown.

No, espera; Es muy petulante. Tacha esta basura:

No voy a discutirle a nadie cuanto debe gastarse nuestra civilización y nuestro ecosistema en pasta de celulosa para esparcir por todo el mundo la obra y derechos contenidos en los millones de tochos que se producen cada año gracias a la profesional técnica de un Ken Follett o un Dan Brown.

Vale, así mejor. Empieza otra vez pero conteniendo el esnobismo, al menos un poco:

No tengo nada en contra de Los Pilares de la Tierra o del Código da Vinci. Este último incluso empecé a leerlo, pero cuando a las 43 páginas comprendí que la página 44 sería incapaz de darme la más ínfima porción de placer, abandoné la lectura del libro. Esa posibilidad de placer iba contra toda estadística. "Nada de nada"/43 páginas = 0,0% posibilidades de disfrute, por tanto, lo más probable es que página 44 = 0,0% posibilidades de disfrute = 100,0% garantía de aburrimiento.

Pero está claro que estos tochos atraen a mucha gente a la lectura, que esas editoriales tienen un margen comercial importante con el que editar otras cosas que pueden estar bien, y además, son una alternativa a la charla sobre la jornada liguera durante el cafecito del lunes. Pero sobre todo: Que cada cual lea lo que le salga de los cojones le apetezca y le venga en la gana.

Mejor, mejor; bueno... Ahora lo del cine:

De hecho, historias que en papel no se aguantan, en la pantalla pueden ser otra cosa. En mi caso, eso me pasaba con el Código Da Vinci. Palomitas en mano, dos horas, ni me atrapó ni me durmió. Hacia la mitad hasta me entretuvo. Pero ese ritmo viajero en plan "Where is Carmen San Diego?" era masiao... En este caso, afirmo sin rubor alguno que la película supera a la novela.

¿Y quién cojones se acuerda de ese videojuego? Venga, no te despistes:

Me explicaron una vez que solo hay dos artes (Brx dixit) con las que resulta absolutamente imposible que un crítico pueda ganarse la vida: La danza y el cómic. Y aún hay bailarinas y bailaores que tienen éxito y son conocidos, y ahora en "Cuatro" hay un reality de danza. Pero el noveno arte (la historieta, la viñeta, el tebeo) es otra cosa.

En el salto de la LITERATURA al CINE es cosa ya muy trillada que éxitos editoriales acaben adaptados al cabo de pocos meses a la gran pantalla. Pero con la hegemónica excepción del subgénero de superhéroes, en el salto del COMIC al CINE es la peli la que hace que el comic se dé a conocer.

Por fín, eso, cuenta lo del maestro:

Por eso, gracias a los taquillazos de LA LIGA DE LOS HOMBRES EXTRAORDINARIOS, V DE VENDETA, FROM HELL, vemos como las grandes editoriales del cómic están reeditando (con formatos caros e incomodamente grandes, pero reeditando) los trabajos de Alan Moore. Eso aconteció con esas tres películas, y ahora puedes encontrar que Norma incluso publica WACHTMEN en català.
Watchmen al cine en 2009. He leído en un blog -que acudo presto a incluir entre mis gratos trópicos- que Alan tiene problemas con ese asunto de las adaptaciones. Desavenencias con la Warner y cosas así. Palabra de Moore:

En los comics el lector tiene un control absoluto de la experiencia de leer. Pueden leerlos con calma, a su ritmo, y siempre pueden volver atrás al menor contratiempo y releer cuantas páginas quieran, mientras que en el cine la velocidad es imparable, a 24 imágenes por segundo. Aún para un director como Terry Gilliam, que encanta por la profundidad de detalle de sus escenas, sería imposibre duplicar el trabajo que Dave Gibbons fue capaz de hacer en “Watchmen”.

En otra parte, los amigos de Peliculawatchmen.com traducen una entrevista que Moore concedió a Wizarduniverse.com, en la que el genial escritor deja clara su postura personal hacia los productores de la película:

Hablé con Dave Gibbons el otro día. Recibí un pedazo de papel -deben de haber aprendido algo de la debacle de 'V de Vendetta'- diciendo, 'Yo, el firmante, por la presente le doy permiso para quitar mi nombre de la película y mandar mi dinero a Dave Gibbons'. Así que lo devolví firmado y sellado, lo cual no significa que ahora tenga que ir despotricando y escupiendo acerca de la película. Simplemente no estoy interesado en nada de ello. Dave me telefoneó, y siempre es agradable hablar con Dave, pero él entiende que realmente no estoy interesado en Watchmen. Así que cuando me telefoneó, me preguntó si estaba interesado en mantenerme al día sobre el tema, y le dije, 'Bueno, siempre es agradable charlar contigo, pero no realmente'. No sé de hecho mucho sobre el tema. Creo que sigue adelante. No estaré pendiente, obviamente. Puedo al menos mantenerme neutral siempre que ellos mantengan mi nombre fuera y no jueguen a esos tontos y a la postre inútiles juegos, como hicieron la última vez, los cual les fué tan bien a ellos. No, yo me mantengo al margen de todo eso.

Yo veré la peli porque el cómic me pareció alucinante. Sin ser su mejor trabajo, a mi entender. Creo que "Miracleman" es el cómic con la calidad más rotunda que jamás haya leído. El aspecto del escritor, de homeless híbrido entre Zappa y Sutherland, es el camuflaje de un genio, o la licencia de un espíritu libre. El tema de Moore es siempre el mismo: Reflexionar y jugar hasta los alcances más extremos de la noción de libertad, y cómo esta confunde y se confunde entre lo íntimo y lo público. Desde ese punto de partida nos ha contado historias increibles y absorventes, aventuras capaces de satisfacer los gustos de cualquiera, a fuerza de urdir una misma narración tornasolada en varios niveles interpretativos, y desde una literatura marcada por el sentido de la originalidad y la consistencia.

Es Alan Moore. Puedes verlo o leerlo. Lo que no puedes es ignorarlo.

¿Miracleman? Pues a mí me gustó más V de Vendetta.

25 de mayo de 2007

Sobre la enofília (y microcurso de cata en 4 minutos)


Algunos pensamos que Vino se encuentra en algún lugar común entre Libro y Cocina, habituales fuentes del placer y la experiencia. Si no colmuga con esta idea por peregrina y pedante, pues bien por usted también… No se tome en serio este post, pero tampoco se lo tome muy en broma. Placer sí, doctrina no, esa es la única idea digna de retener.

Toda la teoría que en su momento recibió usted para aprender a montar en bicicleta no excede en tiempo a lo que el fumador medio tarda en fumarse un pito. O un purito, si me apura. Pues aún menos tiempo precisa usted para conocer las cuatro cositas que pueden maximizar el goce y la experiencia que se esconden, latentes, en el fondo de una copa de vino.

No se deje engañar. Por mucha pompa que se le ponga, catar vino es más simple que el mecanismo de un botijo.

Volvamos a ese lejano día en que su bici dejó de tener 4 ruedas. Seguramente le dijeron algo como “tú dale fuerte y verás como te aguantas, pero antes mira p’ande te metes”. Y poca cosa más, amén de recomendarle frenar con la rueda de atrás para conservar intacta las piezas de la mandíbula superior al menos hasta la madurez sexual, o reflexiones sobre la probada causalidad entre el uso de la bocina y el estrés ajeno.

El resto, ya se sabe: Usted no hizo nada muy distinto a quién suscribe, que posó su digno lomo y cuartos traseros sobre un prometedor zarzal a razón de frenar con la rueda equivocada; o como el hermanito de quien suscribe, quien involuntariamente introdujo a un campista alemán en el incierto mundo de la planchistería celtíbera (por rayarle todo el lateral del coche con el cuerno derecho de la bici). Si mal no recuerdo, la roulotte se salvó. Eran los tiempos del Naranjito, y las cosas se aprendían a fuerza de hacerlas. Dicho en castizo, “la bici con sangre entra”. Dígame, amable lector: ¿A que ahora usted pedalea de cojones? Convendrá conmigo en que cierta negligencia por parte de nuestros criadores contribuyó a convertirnos en gente de provecho. Es cierto, algún piño quedose por el camino: Pero antes mellado que pelele.

Pues con el vino, tres cuartos de idem. Usted, como persona cabal que és, sin duda sabe distinguir el grano de la paja. Y en verdad basta seguir tres pasitos para comprender un vino. Porque comprender el vino que se está bebiendo no es dar una impecable nota de cata para estar a la última.

Nada de eso: Comprender lo que se bebe solo debería servir, si se disfruta, para entender porqué se disfruta. Dicho de otro modo, qué indicios seguir para encontrar nuevos y mayores placeres. ¿Es usted fanático de la dulce y peluda merlot? ¿Cree que a su lado la cabernet le suele resultar corriente y aburrida? Cuando el sábado por la mañana vaya al colmado a gastarse sus cuatro perras gordas para la pitanza del domingo, ¿qué botella tomará del lineal de la tienda? ¿Dará al Cesar lo que es del Cesar? Yo también pienso así.

Puede también verlo como un juego, como un divertimento. Y bien jugado, verá que solo vale competir contra uno mismo. Con los demás no se compite; se comparte.

Ante el vino, la imbecilidad acostumbra a encarnarse en dos modelos básicos:

A) EL GAÑÁN: Ese tipo que viene y me dice “la birra está más güena, sube poco si la vas meando, y sale más barata”. Pues bien, de las tres afirmaciones del mentecato solo daré por ciertas las dos últimas. Y solo relativamente por ciertas… habrá que ver “qué se bebe” y “cuanto se bebe”. Usted y yo no vamos a debatir sobre la psicoactividad birril, ¿verdad? Y que el vino no está tan güeno, reto a cualquiera imberbe a probar cinco vinos distintos: un amontillado, un tinto atejado, un “ice-wine”, un fragante sauvignon blanc, y un rosado afresado. Y que luego se atreva a decirme que no se ha visto sorprendido por lo mucho que le ha gustado alguno. Cada cual es libre de beber lo que quiera, pero no de mentir. Siempre hay un roto para un descosido, y al menos una de las mil formas de fermentar el mosto de uva puede dar un minuto de placer a cualquier alma sensible. Y todos y todas somos sensibles, no se equivoque.

B) EL ENTERAO REPELENTE: Es aún peor el sabiongo (sabiondo+mongo) que se va al otro extremo y trata de convertir un placer en una religión. Naturalmente aspirará a evangelizarle con su doctrina, la única y verdadera. No dudará en exponerle generosamente las cuatro pamplinas que aprendió de un libro (o peor, de la tradición oral de otro sabiongo) con el deshonesto propósito de iniciarle en una senda en la que usted siempre será su discípulo. Este sabiongo es de sobras peor que el gañán cervecero. Huya de este imbécil: Es tóxico y contagioso. Lo sé por experiencia, porque tengo antecedentes con este delito (por ejemplo, hablando del clarete… La ignorancia es atrevida, y la mía, mucho).

Entremos en harina. Catar un vino es dar alguna respuesta a dos preguntas esenciales:

¿QUÉ PERCIBO? (vista, olfato y gusto)
¿PORQUÉ? (deducir estado y elaboración)

Si quiere jugarlo a conciencia, úse una hoja de cata, se lo aconsejo. Mándeme un email (busque en mi perfil) y le envío un excel con la chusquihoja de cata. Es simple, ramplona y poco original, pero suficiente para pasar con la muchachada momentos de inusitada diversión.


VISTA
¿Qué color?
Los vinos blancos son casi siempre amarillos, pero matices pueden ser pálido, pajizo, verdoso, oro o ámbar (en este último caso, si no es un vino dulce y la cosecha es de hace 2 años, mala señal).
Los rosados pueden ser rosa limpio, anaranjado o ambarino.
Con los tintos es también sencillo: Intente iluminar la copa poniéndola a traslúz (en toda cata, mantel blanco) y valorar si ese rojo es rubí, granate, violeta o un tono teja (este último denota edad).
¿Brillo y aspecto?
Esto es al color como el estucado a la pintura. Le da o le quita gracia al tono, y nos anticipa cosas. Un tinto muy opaco posiblemente sea más aspero en boca, quizás por tener más sustancia sólida. También veremos que se forman “lágrimas” en el interior de la copa por encima del nivel del vino después de mojar esa pared. Eso nos advierte sobre el grado alcohólico que luego comprobaremos en boca.

OLFATO
Sobretodo, ¿a qué huele?
¿A flores (rosa, lavanda) o a fruta (limón, fresa, plátano)?
¿A hierba (tomillo, menta) o a especias (pimienta, trufa)?
¿A algo dulce (vainilla, regaliz) o a tostado (caramelo, café)?
¿Un olor animal (cuero, leche) o amaderado (muebles, barnices)?

Siempre hay algo de todo esto. Es lo que más claramente indicará la variedad de la uva. Oler primero sin agitar, y otra vez tras agitar. Vemos si el vino está cerrado (si no tiene olor) o incluso si después de agitar cambia el olor, que también puede pasar.

GUSTO
¿Es “blandorro”, o por el contrario es muy ácido?
¿Es apenas dulce, o llega a parecer pastoso?
¿Áspero en la lengua?
Una vez tragado, ¿se va enseguida, o llega a durar mucho el gusto? (Persistencia)

Solo contestar 3 o 4 de estas preguntas ya supone una auténtica nota de cata. Comencemos por lo evidente, y sin prisas. Más que el olfato, tenemos bastante atrofiada la memoria olfativa. Podemos buscar algo que leer por ahí para completarlo; Por internet hay recursos mucho más trabajados que este simple resumen. Al pasarlo bien y aficionarnos, enseguida empezamos a relacionar todos estos indicios con variedades, procedencias y elaboraciones. Y a partir de ahí, igual apetece buscar por la línea de lo que nos va gustando, y descubrir de tanto en cuanto algo nuevo. Y quizás sorprendente.

Sin sofistiqueces bobas: Esto es divertido, y con lo que ha leido tiene de sobras para empezar a jugar en casa y divertirse sin complejos (ni pa un lao, ni pal otro).

¡Un brindis por Baco!