15 de mayo de 2007

El suicidio de Javert



Hace unos años se estrenó en Madrid la genial adaptación al teatro musical de la novela de Victor Hugo “Los Miserables” bajo la dirección de Ken Castwell, David White, Maria Luisa Castellanos y Vicente Fuentes. En Broadway fué un éxito arrollador, pero la producción española nada tuvo que envidiarle. He podido disfrutar de ambas, la yanki en vivo, y la otra en CD, y años más tarde sigo tarareando en la ducha el suicidio de Javert.

Es, con mucho, mi parte favorita. La oiré mil veces y siempre me emocionará. A esos 4 minutos de la obra dedico este artículo. Quizás has leído la novela, o quizás has visto la peli (“Adaptaciones, ¿un pecado?”, nota para un artículo futuro). Si es así puedes pasar al párrafo siguiente. Si no es así pero no te quita el sueño que te desvele brevemente el argumento y cómo acaba, te lo cuento: Francia, primera mitad del siglo XIX. Jean Valjean es un preso prófugo que quebranta su injusta condena. Javert es el carcelero que se obsesiona con Valjean, “24601”. Uno huyendo y otro persiguiendo durante años. En el devenir de ese tiempo Valjean adopta una falsa y respetable identidad como alcalde de una pequeña ciudad, y Javert casi le pierde la pista. Pero la metamorfosis de Valjean afecta no solo a su aparente identidad, sino también a sus convicciones morales. Los años han transformado al hombre rudo y pendenciero en alguien piadoso y compasivo. Por casualidad Javert recibe indicios de una pista que le lleva a Valjean, y llega a estar cerca de apresarlo. Pero el caos revolucionario que reina en la ciudad, a semanas de la Comuna de París, conduce a la paradójica situación de que sea Valjean quien aprese a Javert. El héroe decide, inesperadamente, liberar a su perseguidor. Y a consecuencia de ello, Javert se suicida. Reunión familiar de Javert con su hija adoptiva, plena redención, la niña se nos casa, y final feliz.

Bien, ya sabemos de qué trata “Les Miserables”. O al menos, qué pasa.

Como ya he dicho, me conmueve particularmente el momento del suicidio. Sin perjuicio de que Victor Hugo escribiera una obra monumental, ni la novela ni la película tienen comparación con el maravilloso monólogo cantado por Javert antes de arrojarse maniatado a las frias aguas del Sena. El monólogo en cursiva, y en azul voy comentando el tono de la musiquilla:

Valjean acaba de desatar a Javert, y se marcha. El inspector, boquiabierto y patidifuso, no acaba de dar crédito a lo sucedido cuando comienza a cantar frenético:

¿Quién puede ser? ¿Será el diablo quizá?
Estuve en su poder y me dejó en libertad
Cuando me tuvo a sus pies pudo vengarse de mí
Logrando así a la ley evadir…
Pude morir bajo su voluntad
Pudo matarme y aún así me perdonó…

¡No puedo ser el deudor de un ladrón!
¡Maldita sea si le dejo escapar¡
!Yo soy la ley, no se burla a la ley!
¡No admitiré que me tenga piedad!
No podremos jamás convivir:
Ha de ser o Valjean o Javert…

Aquí el ritmo se frena repentínamente. Un bucle de violines impone pausa y reflexión, y Javert comienza a derrumbarse hacia un final largo y grave:

¿Cómo le puedo permitir tener dominio sobre mí?
El hombre que yo he perseguido
Me dio libertad y me perdonó…
Darme la muerte pudo él,
fue su deber,
también el mío fue morir
Y no este infierno padecer…

Javert, como Saulo en el camino de Damasco, es derribado por una visión redentora con la que todo puede cambiar. Cuatro frases en stacatto (ma non troppo), rotundas y animosas. Optimismo y luz, cobran fuerza los vientos:

Siento gran confusión
¿A este hombre creer?
¿Perdonar sus pecados?
¡Su delito indultar!

Pero Javert en su fuero interno sabe que nunca será San Pablo. En su naturaleza está el escorpión, y comprende que su camino termina aquí porque su cambio es acabar. Frases largas en sus nudos, bajan tono y fuerza hacia el final al comprender su vida. Concluye grave y lento.

Y ahora tengo que dudar...
Yo, que jamás, jamás dudé…
¡Mi corazón se estremece!
El mundo que vi es oscuridad.

¿Del cielo o infierno es él?
Y sabe bien
que al concederme hoy vivir
La muerte reina en mi ser…

Si la desesperación puede ser sobria, en este punto se hace canto. Cada frase es un golpe de remo, sube y cae con determinación, claramente separada una frase de otra remarcando así puntadas de convicción en cada una. Hasta la cuarta frase parece que el ritmo se acelera en espiral, pero se ralentiza (y los instrumentos se exasperan) al llegar a la estrofa final.

¿Qué camino he de tomar?
Las estrellas negras son.
El vació frío es.
Y la vida maldición.

De este mundo he de escapar
Que tolera a Jean Valjean
Y mi vida fue un error
Ya no hay a donde ir…


La última vocal llega a un poderoso y persistente agudo que gradualmente pierde fuerza, evocando la caída al tormentoso rio. Tras ello vuelve la ritmica calma de violines y resto de cuerda, el reencuentro con la paz.

La música se puede describir (si sabes de música, que no es mi caso). Pero lo que no puede ser descrito es la sensación que provoca la música porque seguramente depende de algo escurridizo, íntimo, cambiante y único que hay en cada individuo en cada momento. Y describir la sensación emergente nunca pasará de tentativa, puesto que no hay código posible para ello.

Pero siempre vale la pena intentarlo. Como cuando se comenta un vino.

No he acabado con Javert, a él volveremos en próximos artículos. Pero quizás quieras, amable lector, seguir leyendo en el futuro este humilde y desconocido blog: En ese caso lo correcto era presentarte primero al inspector.


Javert, el amable lector.

Amable lector, el inspector Javert.


5 comentarios:

Los amigos de don Latino dijo...

Estimado Chusqui,

Lamento llegar tarde, pero como sabes es mi sino.
Me encanta enormement que hables de estos "cándidos muchachos" pero yo, como revisionista en pos, elijo la versión más breve "El fugitivo" y puestos a tocar algunas partes del cuerpo, no la serie sino la película, que es todavía más copia barata de una copia barata de una parte.
Como dijo el poeta (no se cual, ni tampoco si era poeta o filósofo), "nada de pensar, abajo la inteligencia"

Esta es su elección
Encantados de servirle

Chusqueando dijo...

Gracias por la inspiración, Braulito. Millán Astray, el general facha a quien debemos lo de "¡Muera la inteligencia!" puede ser un tema inspirador para seguir hablando de Javert.

Encantado de encantarle.

El Chusco dijo...

He incluído una foto de la peli, cuando Javert se arroja al Sena. En el texto de la entrada digo "tormentoso rio", pero en el fotograma se ve un espejito de calma.

Um... Da igual: En la canción, yo siento un tormentoso rio.

Anónimo dijo...

estoy de acuerdo con que es la parte más emotiva del musical... yo le daría casitodo el mérito al genial javert español, miguel del arco (que supera con mucho al inglés, para mi gusto).
una vez que a lo largo de toda la obra es flemática y altiva, casi despectiva, y que en esta parte se vuelve emotiva y casi desgarradora, con un contraste que me encanta.
habré escuchado esa canción mil veces y todas las veces me emociona.

El Chusco dijo...

Muy acertado tu apunte sobre el contraste que se revela al final, cuando el frio Javert presenta la inédita cara oculta de su pasión. Sin duda, gracias ante todo a la privilegiada voz del barítono Miguel del Arco.
En otra parte leí (http://www.redteatral.net/versiones-musicales-los-miserables-236) que Javert no deja de ser tan humano como el resto de personajes. Pues gracias al dilema final que presenta este fragmento, a mí se me antoja más humano que ninguno.
Sabes que hubo quien ha intentado resucitar a Javert. Me parece que lo interesante hubiera sido escribir su juventud, conocer los antecedentes del hombre de la ley. Si existe un más allá y tengo ocasión, no dejaré de sugerírselo a Monsieur Hugo.