“Buscamos la palabra más bonita de la lengua castellana”. ¿Lo recuerda, amable lector? Fue noticia el año pasado. Salió por la tele y por la radio. “Envíen un correo electrónico, un SMS, llamen por teléfono. Dígannos cual piensan que es la palabra más bonita, y en unos días les informaremos sobre las más votadas”. Una iniciativa de cándida vocación que tuvo, como solo podía tener, cándidas respuestas: “Paz”, “Amor”, “Verdad”, “Esperanza”, “Felicidad”.
Ya sabe, esas corrientes palabritas de uso tan cotidiano.
La cuestión es que con solo oírlo ya quise participar. Raro es que las chorradas más inútiles me resulten indiferentes, y de ningún modo podía abstenerme de contribuir en esta ocasión. Pero finalmente no pude. Lo intenté, pero la palabra no me dejó. No se asuste, no es nada raro. Seguro que a usted también le habrá sucedido en más de una ocasión. El fenómeno viene a ser algo así:
Quiere usted decir algo, una idea remolona que perezosamente vaga por su tierna mentecilla. Usted le ordena que salga al mundo y se exprese, “manifiéstate”, como cabe esperar de toda palabra de provecho. Entonces la palabrilla, de malas ganas y sin ningún entusiasmo, baja roneando por las meninges, descansa un segundín en el bulbo raquídeo, saluda tranquila y sin prisas a las chismosas amigdalas, se distrae embobada en la boca mirando sabe-dios-qué en el cielo del paladar, y una eternidad más tarde llega hasta la lengua. Justo en ese puñetero instante recuerda que se ha dejado los donuts, y claro, no es plan salir sin ellos. Se da media vuelta, regresa al coco, y de ese modo le perdemos la pista. Como es de esperar, usted pilla un berrinche y encarga a su renqueante memoria la búsqueda de esa holgazana. A todo esto, usted ya le ha dicho a alguien: “Espera, ahora te digo, que la tengo en la punta de la lengua”. Pero a la palabreja échele un galgo. Su cojitranca memoria se rinde, se tumba a echar la siestecita con sombrero mejicano y pone el cartel de no molesten. Dos o tres horas después, por puro accidente y absolutamente fuera de lugar, dice usted la palabra. Ya no sirve para nada, ¡pero qué descanso!
Eso mismo le sucedió a un servidor con “efímera”. Solo que fueron semanas lo que necesité para tropezar de nuevo con ese adjetivo tan escurridizo.
La votación ya había terminado. No recuerdo qué memez salió finalmente, pero desde luego mi voto no hubiera alterado en lo más mínimo el curso de los acontecimientos. Es más, “efímera” no fue una candidatura muy sólida, pues nada se dijo sobre los votos que pudo haber recibido. Quizás muy pocas personas votaron por “efímera”, quizás nadie.
Quizás los poquitos electores que hubieran querido votarla fueron, como yo, incapaces de recordarla.
Y es que, además de sonar muy bien, “efímera” es una palabrilla muy honesta: Es lo que dice, y dice lo que es. Se distrae con nada, se evade de todo, y enseguida se marcha. Por favor, amable lector: Ayúdeme a guardarla.
Ya sabe, esas corrientes palabritas de uso tan cotidiano.
La cuestión es que con solo oírlo ya quise participar. Raro es que las chorradas más inútiles me resulten indiferentes, y de ningún modo podía abstenerme de contribuir en esta ocasión. Pero finalmente no pude. Lo intenté, pero la palabra no me dejó. No se asuste, no es nada raro. Seguro que a usted también le habrá sucedido en más de una ocasión. El fenómeno viene a ser algo así:
Quiere usted decir algo, una idea remolona que perezosamente vaga por su tierna mentecilla. Usted le ordena que salga al mundo y se exprese, “manifiéstate”, como cabe esperar de toda palabra de provecho. Entonces la palabrilla, de malas ganas y sin ningún entusiasmo, baja roneando por las meninges, descansa un segundín en el bulbo raquídeo, saluda tranquila y sin prisas a las chismosas amigdalas, se distrae embobada en la boca mirando sabe-dios-qué en el cielo del paladar, y una eternidad más tarde llega hasta la lengua. Justo en ese puñetero instante recuerda que se ha dejado los donuts, y claro, no es plan salir sin ellos. Se da media vuelta, regresa al coco, y de ese modo le perdemos la pista. Como es de esperar, usted pilla un berrinche y encarga a su renqueante memoria la búsqueda de esa holgazana. A todo esto, usted ya le ha dicho a alguien: “Espera, ahora te digo, que la tengo en la punta de la lengua”. Pero a la palabreja échele un galgo. Su cojitranca memoria se rinde, se tumba a echar la siestecita con sombrero mejicano y pone el cartel de no molesten. Dos o tres horas después, por puro accidente y absolutamente fuera de lugar, dice usted la palabra. Ya no sirve para nada, ¡pero qué descanso!
Eso mismo le sucedió a un servidor con “efímera”. Solo que fueron semanas lo que necesité para tropezar de nuevo con ese adjetivo tan escurridizo.
La votación ya había terminado. No recuerdo qué memez salió finalmente, pero desde luego mi voto no hubiera alterado en lo más mínimo el curso de los acontecimientos. Es más, “efímera” no fue una candidatura muy sólida, pues nada se dijo sobre los votos que pudo haber recibido. Quizás muy pocas personas votaron por “efímera”, quizás nadie.
Quizás los poquitos electores que hubieran querido votarla fueron, como yo, incapaces de recordarla.
Y es que, además de sonar muy bien, “efímera” es una palabrilla muy honesta: Es lo que dice, y dice lo que es. Se distrae con nada, se evade de todo, y enseguida se marcha. Por favor, amable lector: Ayúdeme a guardarla.

2 comentarios:
Querido Chusqui, com tu ya bien sabes, mi palabra preferida es "tedio" y éste, normalmente no suele ser efímero, por lo que parece que no llegaríamos a un acuerdo (no cabe posible transaccional).
Pero en verdad te digo que una palabra con un significado tan corto (respecto al tiempo) es muy difícil que sea recordada, por lo que efímera es prima de olvido (no Olvido Gara, que de esta no creo que se olvide ni su prima la calva).
Don-Don,
Siempre que contemos con el concurso de tus esfuerzos en el blogeo colectivo, sin duda que tedio acabará siendo efímero.
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