
K. llega, y reclama su turno de paño. Es una cuestión de higiene y costumbres, pero también preventiva. No hay mejor calentamiento para espalda y riñones, eso sí, siempre que se haga del modo tradicional. Pero llega el sempai rápidamente y toma el trapo. No permitirá que un anciano de 73 años desempeñe esa labor ante kendokas que no llegan al tercio de su edad.
K. se va a un rincón, y repasa metódico los nudos de su shinai. Hay aprendices mirándole desde la puerta, esperando un gesto suyo antes de poner un solo pie sobre las tablas. El sensei les saluda y ellos entran. Caminan como está previsto que se debe caminar, nunca en diagonal, siempre en paralelo a las paredes del lugar. De este modo saben que es más dificil estorbar a nadie, ni que fuese involuntariamente. Todos aspiran a desplazarse con orden, armonía y decoro.
Allí se entrena sobretodo el respeto. El kendo tiene otros objetivos tales como la salud, la camaradería, la atención, la paciencia, la generosidad, el autodominio o los reflejos. Pero en mi experiencia es ante todo una práctica del respeto. Una de sus principales normas (se enseña el primer día) es que la cortesía descuidada no es cortesía. Dicho de otro modo: Si dices "gracias" que sea porque realmente haya gratitud, y siendo así preocúpate de transmitirla eficazmente a su destinatario, cuida que hasta tu último pelo sea coherente con la literalidad de tus palabras. Si no, no vale la pena ser cortés, porque no "eres" cortesía. El respeto es un "ser", no es un "hacer". Un "hacer" sería incompleto. Respetar es compartir, ayudar y agradecer incluso con perfectos desconocidos, sobretodo con ellos. Es el orgullo de ser genuinamente humilde. Y si se asume honestamente, si se llega a sentir así, la vivencia es grata y liberadora. Inclinarse ante cualquier motivo y nunca de cualquier manera. Siendo consciente.

