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20 de marzo de 2008

Escuela de respeto


El primero en llegar se pone a limpiar el parquet. Como exige la costumbre, esto es, en cuclillas con un paño seco y trazando con las dos manos movimientos laterales ordenados, de izquierda a derecha, un paso atrás, de derecha a izquierda, un paso atrás...

K. llega, y reclama su turno de paño. Es una cuestión de higiene y costumbres, pero también preventiva. No hay mejor calentamiento para espalda y riñones, eso sí, siempre que se haga del modo tradicional. Pero llega el sempai rápidamente y toma el trapo. No permitirá que un anciano de 73 años desempeñe esa labor ante kendokas que no llegan al tercio de su edad.

K. se va a un rincón, y repasa metódico los nudos de su shinai. Hay aprendices mirándole desde la puerta, esperando un gesto suyo antes de poner un solo pie sobre las tablas. El sensei les saluda y ellos entran. Caminan como está previsto que se debe caminar, nunca en diagonal, siempre en paralelo a las paredes del lugar. De este modo saben que es más dificil estorbar a nadie, ni que fuese involuntariamente. Todos aspiran a desplazarse con orden, armonía y decoro.

Allí se entrena sobretodo el respeto. El kendo tiene otros objetivos tales como la salud, la camaradería, la atención, la paciencia, la generosidad, el autodominio o los reflejos. Pero en mi experiencia es ante todo una práctica del respeto. Una de sus principales normas (se enseña el primer día) es que la cortesía descuidada no es cortesía. Dicho de otro modo: Si dices "gracias" que sea porque realmente haya gratitud, y siendo así preocúpate de transmitirla eficazmente a su destinatario, cuida que hasta tu último pelo sea coherente con la literalidad de tus palabras. Si no, no vale la pena ser cortés, porque no "eres" cortesía. El respeto es un "ser", no es un "hacer". Un "hacer" sería incompleto. Respetar es compartir, ayudar y agradecer incluso con perfectos desconocidos, sobretodo con ellos. Es el orgullo de ser genuinamente humilde. Y si se asume honestamente, si se llega a sentir así, la vivencia es grata y liberadora. Inclinarse ante cualquier motivo y nunca de cualquier manera. Siendo consciente.

Tras los estiramientos y el calentamiento de toda la musculatura, viene el calentamiento de las muñecas y los dedos. Para ello es necesaria la espada. Uno de los nuevos no ha traído, aún no tiene. K. Sensei le ofrece su boken. El chaval se inclina y lo toma con las dos palmas hacia arriba. Deberá tener cuidado, pesa igual que un shinai pero es bastante más sólido y contundente.

Se practican los golpes en pareja. Men, Kote, Do, en series, y controlando cada vez más el aire que entra y sale de los pulmones. Sube la dificultad. La fuerza se proyecta como un todo uniforme y simultaneo en la voz, en la región lumbar, en las manos, en el pie izquierdo, y sobretodo hacia el extremo del kensen, el extremo de la espada. No son partes, debe ser armónico para que la energía fluya. La fuerza no debe quedarse en fuerza, debe avanzar y mutarse en belleza.

Después quienes tienen mayor pericia pasan a ponerse la armadura completa, y comienzan las rondas de asaltos. Los kiu más inexpertos seguirán practicando el golpe, también rotando. Se alzan voces de ataque y golpe. Lo más vistoso no se vé, se oye. Son los gritos de intimidación, destinados a confundir al adversario y ganarle el medio segundo necesario para darle un enérgico men en plena frente.

Y finalmente formación de despedida. Gratitud a compañeros, gratitud a maestros, gratitud al lugar. Reflexión sentados, y después coloquio en círculo. Cada cual expone lo mejor que ha sacado hoy del entrenamiento, y su mayor dificultad.

Me hice daño en el pie izquierdo por causas completamente ajenas al kendo. El pie izquierdo es muy delicado, es quien confiere velocidad al ataque. Las extremidades derechas (brazo y pierna) guían, llevan la dirección, pero las extremidades izquierdas son las motoras, son la energía. Y si algo se fuerza en este deporte es precisamente los pies, a los que se les exige tensiones y posiciones absolutamente duras y nada naturales. Arrodillado tras el entrenamiento, con el shinai enfrente y manteniendo la posición de reposo atento, Seiza, sufro. Es una postura muy dolorosa para mí. Me muevo nervioso, desplazo mi peso a un lado y al otro, rompo la silenciosa uniformidad del grupo. Dejé la practica antes de acabar un año, pasado y aprobado el primer examen. Pero lo sigo echando de menos.

11 de junio de 2007

Querida Gravedad


Querida Gravedad:

Ayer, tan solo despertar, me acordé de tí. Por eso te escribo. Ya sé que no suelo hacerlo, pero no creas por ello que no te tengo presente. Es verdad, nadie te escribe. Sí, tienes a una legión de físicos teóricos y de ingenieros aeronaúticos chismorreando sobre tí, siempre a tus espaldas. Viven de tí pero nunca te llaman, ni te llevan a tomar un café, ni ná de ná. Una vergüenza.

Si en alguna medida contribuyo a desagraviarte, bien valdrá la pena esta carta. Como te venía diciendo, ayer me acordé de tí al despertar. Era domingo, y como tal estuve haciendo "la muerte del caballo" unos 20 minutos antes de incorporarme. Lo típico, estaba sobre el colchón boca abajo, y al hacer un pequeño esfuerzo para levantarme con los brazos, noté tu tirón. Fuerte tirón. Me pareció más fuerte que de costumbre, así que la muerte del caballo se prorrogó otros 10 minutillos más. Medité mientras tanto -los primeros pensamientos dominicales son muy ociosos- y me caí en la cuenta de que tu fuerza tenía que ser la misma de siempre, esos 9,8 m/s² de toda la vida con los que te aceleras, sin más pamplinas. La única verdad es que yo estaba muy flojeras. Me revelé de nuevo, no contra tí sino contra mi desahuciada musculatura, y me fuí a otra parte y a otra cosa, también en homenaje a la gravitatoria matutina.

Hoy comiendo me dice Bárbara de ir a lanzarse en paracaídas, que Dani, Mayra, Noelia y Pau también quieren probarlo. "Joder", pienso yo, "para parar la caída lo mejor es no caerse". Y nada como la chaise-long de casita para constatarlo durante toda una tarde.

Y es que no te respetan, vieja amiga. En la provincia de Granada hay un viejo puente ferroviario muy curioso, ya cerrado, entre Alamedilla y Guadahortuna. Dicen que lo proyectó el equipo de Gustave Eiffel hace más de un siglo, y se sabe de buena tinta que es cierto. 624 metros de remaches, toda una belleza oxidada. Recuerdo a mi media naranja triscando alegremente cual chotilla desvocada sobre las carcomidas traviesas de la vía. Entre las traviesas, la nada. Y por debajo de los railes, una caída libre de 50 metros antes de llegar a los fragantes tomillos. Yo abrazado a la baranda, gesto desencajado, masticando la tragedia. ¡Ay, Gravedad! No te tengo aversión, pero mucho me cuido de no provocarte. Llámalo temor reverencial. Sé que eres anciana, que naciste pocos nanosegundos después del Big Bang. ¡Por los clavos de Cristo, un poco de respeto a tus canas venerables!

Si finalmente esa panda de inconscientes que son mi mujer y los otros cuatro tienen a bien jugar contigo, piensa que frente a tí no son más que niños. No tienen maldad, no vayas a creer que por saltar de una avioneta se burlan de tí. Que va. No te pido un trato de favor, y muchísimo menos que dejes de tirar de ellos, que tampoco quiero ir a buscarlos a la Luna. Solo te ruego que no tires mucho, que aflojes un poquito. Yo me quedaré contigo abajo. Te haré compañía. Ya verás que rato más agradable pasamos, charlando amigablemente de todas las cosas que caen despacio y no se hacen daño.

Tu prudente y fiel amigo,
El Chusco.