
Querida Gravedad:
Ayer, tan solo despertar, me acordé de tí. Por eso te escribo. Ya sé que no suelo hacerlo, pero no creas por ello que no te tengo presente. Es verdad, nadie te escribe. Sí, tienes a una legión de físicos teóricos y de ingenieros aeronaúticos chismorreando sobre tí, siempre a tus espaldas. Viven de tí pero nunca te llaman, ni te llevan a tomar un café, ni ná de ná. Una vergüenza.
Si en alguna medida contribuyo a desagraviarte, bien valdrá la pena esta carta. Como te venía diciendo, ayer me acordé de tí al despertar. Era domingo, y como tal estuve haciendo "la muerte del caballo" unos 20 minutos antes de incorporarme. Lo típico, estaba sobre el colchón boca abajo, y al hacer un pequeño esfuerzo para levantarme con los brazos, noté tu tirón. Fuerte tirón. Me pareció más fuerte que de costumbre, así que la muerte del caballo se prorrogó otros 10 minutillos más. Medité mientras tanto -los primeros pensamientos dominicales son muy ociosos- y me caí en la cuenta de que tu fuerza tenía que ser la misma de siempre, esos 9,8 m/s² de toda la vida con los que te aceleras, sin más pamplinas. La única verdad es que yo estaba muy flojeras. Me revelé de nuevo, no contra tí sino contra mi desahuciada musculatura, y me fuí a otra parte y a otra cosa, también en homenaje a la gravitatoria matutina.
Hoy comiendo me dice Bárbara de ir a lanzarse en paracaídas, que Dani, Mayra, Noelia y Pau también quieren probarlo. "Joder", pienso yo, "para parar la caída lo mejor es no caerse". Y nada como la chaise-long de casita para constatarlo durante toda una tarde.
Y es que no te respetan, vieja amiga. En la provincia de Granada hay un viejo puente ferroviario muy curioso, ya cerrado, entre Alamedilla y Guadahortuna. Dicen que lo proyectó el equipo de Gustave Eiffel hace más de un siglo, y se sabe de buena tinta que es cierto. 624 metros de remaches, toda una belleza oxidada. Recuerdo a mi media naranja triscando alegremente cual chotilla desvocada sobre las carcomidas traviesas de la vía. Entre las traviesas, la nada. Y por debajo de los railes, una caída libre de 50 metros antes de llegar a los fragantes tomillos. Yo abrazado a la baranda, gesto desencajado, masticando la tragedia. ¡Ay, Gravedad! No te tengo aversión, pero mucho me cuido de no provocarte. Llámalo temor reverencial. Sé que eres anciana, que naciste pocos nanosegundos después del Big Bang. ¡Por los clavos de Cristo, un poco de respeto a tus canas venerables!
Si finalmente esa panda de inconscientes que son mi mujer y los otros cuatro tienen a bien jugar contigo, piensa que frente a tí no son más que niños. No tienen maldad, no vayas a creer que por saltar de una avioneta se burlan de tí. Que va. No te pido un trato de favor, y muchísimo menos que dejes de tirar de ellos, que tampoco quiero ir a buscarlos a la Luna. Solo te ruego que no tires mucho, que aflojes un poquito. Yo me quedaré contigo abajo. Te haré compañía. Ya verás que rato más agradable pasamos, charlando amigablemente de todas las cosas que caen despacio y no se hacen daño.
Tu prudente y fiel amigo,
El Chusco.

1 comentario:
NOTA DEL AUTOR: Solo para quien no lo sepa, hacer "la muerte del caballo" consiste en estar tumbado en la cama e ir cambiando de postura, a un lado y a otro, indefinida y remolonamente y sin gran empeño en levantarse. El varón europeo medio dedica al asunto unos 12 minutos diarios todas las mañanas al despertarse. Debe multiplicarse por tres ese tiempo en caso de weekend.
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