6 de octubre de 2008

Diarrea apocalíptica

Con el debate de Gran Hermano en la tele, como continuidad radiofónica del dormitorio, y yo con el portátil en la cama. Los concursantes llevan casi dos semanas, y reconozco en la tensión argumental de los protagonistas los mismos recursos de Battle Royal. No me río, porque no me hace gracia, y sigo con el portátil.

Me paseo por Facebook. Si funciona, puede fundirlo todo. Fundirlo. Myspace es historia (antigua), Xing o LinkedIn ya no son lo que iban a ser, y Blogger abraza la elegancia egotista en perjuicio de imprevisibles sinergias de creatividad. Yo mismo, preso de una militancia presumiblemente autoimpuesta, me he convertido en un indexador de gracietas del youtube. Permitidme una profecía: Veo a Facebook (o como quiera que se llame dentro de 5 años) no solo como red social. Alguna futura versión definirá la Interrelación de Usuarios, pero también la Función de Lo usado. Cambio de paradigma: Empezar el martillo por el mango, y no por la pieza. Será un sistema operativo, en tanto que posibilitará, integrará, homogeneizará, actualizará, heterodesarrollará y excluirá funciones. ¿Cuales? Todas las que esperamos satisfacer con un ordenador. Exterminará la noción de software libre o de pago: Eso ya está visto para sentencia. La propiedad industrial/intelectual va a recibir más hostias que el gato de Chuck Norris. Y siete vidas no son tantas.

Pero Facebook, al menos ésta versión, puede palmar por el camino. Y no solo por lento. Doctores tiene la Iglesia, y supongo que si el previsible crecimiento exponencial (porque de eso se trata) se confirma, y si los militantes usuarios ponen de su parte ensamblando y asambleando, no tardaremos en ver como la red social del momento se zambulle en el colapso. Ni idea, pero cosas así ya han pasado. Nadie puede saber dónde acabará, y precisamente por eso puede que llegue a sobrevivir, precisamente por eso puede ser aspirar a ser algo más que otro ensayo del megacircuito integrado.

Pau me explicaba el otro día frente a la juguetería del centro comercial que los microorganismos, desde una perspectiva bioutilitarista, son realmente nuestros usuarios. No es usurpación, sino el plan natural de las cosas. La idea es convincente: Como presuntuosos fabricantes de máquinas, nos hemos quedado en el mismo rol de la máquina, somos complejas joint-ventures para el ambicioso proyecto prueba-error que el precontrato cósmico negoció a favor de esos diminutos bichos, satisfaciendo grandes funciones avanzadas. Nuevamente la vida como organización desorganizadora, conjurada a disipar entropía quiera o no.

Los concursantes se han alineado en dos bandos. Tarde o temprano la comunidad dominante acabará colapsándose enterrada en sus propios residuos, y la Diversidad proveerá otra comunidad oportunista capaz de integrar esos residuos como recursos de su consumo. El concurso funciona así, pero el balón de juego no es la ecología sino la inteligencia emocional. La pura mala hostia, el compadreo desde la edad, el desdén, la difference exótica o el tallaje, la extravagancia extravagante... ¿Serán todas armas inidoneas?