19 de junio de 2007

Las Chicas de Oro (del que cagó el moro)

Este domingo pasado hubo fútbol. Un acontecimiento épico, la última jornada de liga, y todavía no estaba decidido quién se llevaría el trofeo a casa: ¿Real Madrid, Barça, Sevilla? Suspense, esperanzas, emociones…

En estos casos yo no dudo en saborear al máximo la ocasión. ¿Final de la Champions y juega el Barcelona? Barbarita y yo que nos vamos a cenar por ahí, sin preocuparse de reservar mesa. ¿Cómo dices, que hay final de la Copa del Rey con Etó y Ronaldiño en el Bernabéu? Pues venga, que vale la pena salir aunque solo sea para conducir por la ciudad desierta.

En la misma línea del post anterior, el que me mande un comentario diciendo que no escribo bien el nombre del brasileño o del africano (me importa un truño de qué país sea Don Samuel) puede contar con que lo borraré en menos de 24 horas. Sí, soy mala gente…

Bueno, el caso es que nos fuimos al cine, “Corazones Solitarios” con Travolta y Hayek en el pase de las 20:30h.

Sin prisas ni agobios, aparcamos enfrente sin problemas. Compramos un paquete mediano de palomitas y dos botellines de agua mineral, para ella natural, para mí fresquito-fresquito. Yo con camisa guayabera, unas bermuditas color caqui, y chanclas. Eh, por si acaso calcetines en el bolsillo, que nunca se sabe. Con esa guisa y esas provisiones, yo era el tipo más feliz del mundo. Y al entrar en la sala y ver que solo éramos en total 8 personas… Nos sentamos, coloco la botella en su sitio, apago el móvil, me pongo cómodo, y sonrío pletórico.

A los dos minutos de película, Travolta no ha abierto el pico, y ya empezamos a oír la indolente cháchara de tres mujeres al otro lado del pasillo central. De hecho, ni siquiera hablaban de la película. Al parecer les resultaba más atractivo (para ellas, y por imperativo cojonómico, para el resto de espectadores) poner en común el despellejado traje a medida que le estaban haciendo a una amiga que no había podido venir.

Así toda la película. Chisme, discusioncilla, más chismorreo, lamento hipócrita por la ausencia de la rajada, otro critiqueo más... Lo que debió ser una sesión de cine negro se convirtió en otra cosa para la que jamás hubiéramos pagado 2 entradas.

Pero no vayan a pensar que estamos hablando de tres zagalas al uso tratando de consensuar cuánto chana el amarillo piolín del alfa-romeo tuneado del chorvo de una de ellas… Nada de eso: La edad conjunta de las tres hooligans del despiece debía sumar algo más de 200 años. Las tres pécoras estaban jubiladas de todo excepto de sabotearme la peli.

A mitad del largometraje, cuando empezaban a cuadrar las pesquisas del atormentado protagonista (interpretado por el cienciólogo más famoso después de Cruise), suena el teléfono móvil de la vieja del medio. Pues no crean que el duende cámara apagó el trasto, ni mucho menos: Se puso a hablar como si tal cosa. Por el tono, bien podría ser desde su casa la última integrante del satánico cuarteto.

Y no pude más. Cuando la muy bruja colgó, solté el “Tchshhhhh!!!!” más fuerte que jamás nadie haya proferido en una sala de cine. ¿Pueden creerse que, lejos de avergonzarse, Tutankamon se encaró conmigo?

En fin, como dijera el poeta, la luz del entendimiento me hizo ser comedido. No me apetecía coronar el fin de semana con una reyerta en la tercera edad, e hice de tripas corazón el resto de sesión.

Pasadas las diez de la noche, y salimos del cine. Salí de mala leche y más cabreado que un mono, como tantos culés o sevillistas a esa misma hora. Al cabo de un rato, solo estaba decepcionado.

Pero las culpables de mi decepción, ni eran once, ni vestían de blanco.
Solo lo peinaban.

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