28 de noviembre de 2007

Reacción en cadena

Brainiac, El Hormiguero, Clever… Los malvados cerebros que controlan el cotarro televisivo están viendo que puede funcionar eso de ponerle a un tipo una bata blanca para que se ponga a perpetrar increíbles gansadas a cual más peligrosa al grito exculpatorio de “¡la ciencia es diver!”.

¡Y lo celebro! El experimento de turno tiene la mitad de las veces cierta gracia baturra. El rigor de la explicación científica es, también la mitad de las veces, cuanto menos cuestionable. Pero eso es lo de menos. Lo que importa es que sea sorprendente y espectacular, y que encima, lo puedas hacer en casa.

A una conclusión parecida podría llegar aquel niño que vimos hace un par de veranos en la piscina de aquel hotel de playa. Aún sentimos escalofríos al recordar con que fría determinación aquel angelito lió la que lió.

Y es que lo vimos ante nuestras narices a cámara lenta:

Imaginen la hora punta en la macropiscina del resort, la mayoría de las damas en las tumbonas, la mayoría de los caballeros congraciándose con el mojito de happy hour. La piscina ocupada por una rugiente hueste de niños jugando en el agua a una supuesta variante del volley-rugby.

A todo esto, el protagonista de nuestra historia, un simpático e inquieto chavalín de unos 9 años de quien solo cabe esperar un prometedor futuro como investigador científico o como terrorista, se evade sigilosamente y de puntillas de la vigilancia de sus padres y entra en su habitación, de la que sale al poco con un pote de jabón de considerable tamaño (2 litros, more or less). Por su gesto cabía sospechar que llevaba horas esperando el momento, y que para nada estaba improvisando. Posiblemente el jabón lo había tomado prestado del carro reponedor del servicio de habitaciones.

No dudó, el cabroncete no dudó. Sabía bien lo que se traía entre manos. Se dirigió inexorablemente hacia el potente jacuzzi comunitario que había junto a la piscina, resguardado por unos setos para aportar el máximo relax de sus usuarios, y al fin, libre de la presencia de ningún adulto. El jacuzzi estaba montado sobre una tarima de un metro y medio de altura, por lo que se accedía al mismo subiendo por unas escaleras. ¡Oh, buen Dios! ¡Con qué temple subió aquel crío aquellos peldaños, sin mostrar un mínimo atisbo de inseguridad en sus pasos!

No pasó medio minuto y pudimos comprobar como nuestro amiguito contaba con la colaboración de dos pequeños cómplices, pues bajaron y salieron zumbando los tres del jacuzzi como alma que lleva el diablo.

Explicar lo que aconteció al minuto supondría un insulto a las dimensiones del fenómeno y a la capacidad imaginativa del lector. Solo decirles que el despliegue de recursos humanos del hotel para contener la creciente marea espumosa fue increíble. Hombres y mujeres con camisetas del staff corriendo arriba y abajo, impotentes ante una monstruosa masa blanca que no paraba de crecer. Nadie les había preparado para algo así. Aquello crecía y crecía a lo horizontal y a lo vertical. El encargado se adentraba impotente en ese pequeño mundo blanco, y salía al poco consternado sin saber qué hacer. Hasta que algún lumbreras sugirió la reveladora idea de apagar el jacuzzi. Creo que solo entonces comenzaron a entender la mecánica del desastre.

Alucinamos, nos reímos, y pensamos: “¡Vaya cabroncete!”. Seguramente no lo trincaron. El chaval era listo, y la gamberrada fué magistral. Antológica, diría.

Han pasado dos años. ¿Qué plan se traerá ahora entre manos?

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